En algún momento del día

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Qué tristeza me genera entender que las cosas cambian. Que el poder y la lucha de egos muchas veces pesan más que un buen corazón. Que el hombre se ciega con tal de tener el control y permanecer en el escenario un ratito más.

Qué tristeza genera el desamor y los vínculos que se terminan, muchas veces, para siempre. Por los hijos y por la familia que se rompe, también para siempre.

Qué tristeza saber que la política o la religión pueden convertir un lazo sanguíneo en polvo.

Qué tristeza ver a una persona mayor, en la calle, acurrucado y con la cabeza escondida, extendiendo la palma de su mano con la esperanza de recibir una moneda que vale más que su dignidad. O ver a un chico metiendo la mano en la boca de un tacho de basura con la intriga de saber si va a poder encontrar algo para comer. Cuánta tristeza se ve en la periferia.

Qué tristeza ver a un hombre y una mujer, abrazados en el sillón, desolados por ver cómo intentan hacer ley la matanza de un niño por nacer cuando ellos esperan hace años el milagro de la fecundación.

Qué tristeza, la de una madre que tuvo la dicha de ser madre, pero que entiende que su hijo está fuera de los parámetros “normales” de la sociedad, ¿será parecida a la tristeza de un hijo al perder a su madre? ¿O acaso habrá algo más triste que ver cómo la vida de un ser querido se va apagando? No entiendo porque insisto en ponerle niveles a la tristeza, si por el simple hecho de sentirla uno ya se convierte en triste.

Pero dicen los optimistas que haciéndole frente a la tristeza es cuando más se crece y dicen los que creen, que hay un Dios que hace nuevas todas las cosas. Entonces que así sea, por vos, por mí, y por todos los seres humanos que se sienten tristes, en algún momento del día.

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