Por ese pasillo

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Por ese pasillo que estás viendo ahora pasó el doctor Julio Rocca Rivarola en el año 1957. Corría, mojado y con tijera en mano, a cortar el cordón umbilical que unía a su mujer con su hijo mayor. Un dolor inmenso atravesaba todo el cuerpo de Inés y en el aire se respiraba el impacto de llegar a este mundo de Julito, un bebe de uno tres kilos y medio, con ojos azules, que lloraba desesperadamente por volver al nido materno. Se despertaba la curiosidad de los pocos huéspedes del “Gran Hotel de La Estación” que no entendían que una vida acababa de llegar.
Era enero, el Doctor abrazaba por fin a sus tan ansiadas vacaciones, su mujer aún estaba de siete meses y, para aquel entonces, no estaba planeado el parto, pero los caprichos del tiempo así lo quisieron. Esa mañana, el Doctor disfrutaba del silencioso paso de las horas, con el agua en la cintura, y la caña de un lado al otro, buscando alguna trucha que le diera otra razón más para agradecer la vida que le había tocado. La paz se rompió cuando escuchó de lejos los alaridos de una parturienta. Julito apoyó la caña, 30 años después, en un sauce llorón; corrió al hall del hotel, le pidió a la recepcionista (que lo miraba con cara de espanto) las llaves de la habitación y dejó mojados los mosaicos blancos y negros que hace un rato acabas de ver. Mercedes gemía de dolor, la subió al auto y llegaron, con los segundos contados, al hospital del pueblo. A los pocos minutos una beba rubia y divina lloraba desconsoladamente con tal de volver al nido materno. Mechi, la primera nieta de Julio e Inés había llegado a este mundo. El “Gran Hotel de La Estación” fue el único testigo del paso del tiempo, lento por momentos, rápido por otros, que viaja sin pedir permiso…

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